domingo, 4 de julio de 2010

La Domesticación del Hombre por el Hombre


Carlos Rivero Blanco
 Un grave error en el cual caemos muy a menudo los humanos, cuando domesticamos una especie animal o una especie de planta es pensar que estamos dominando a la naturaleza.
En realidad, cuando el hombre domestica a una planta o un ani­mal, para con esto darle uso intensivo dirigido a suplir sus propias necesidades, se convierte automáticamente en un ser dependiente de la especie domesticada y tiene que adaptarse a vivir usándola, con sus cuali­dades y defectos. Lo que se logra al final es una interdepen­dencia artificial entre ambas especies, el hombre y el organismo do­mesti­cado, y un cierto divorcio de la realidad ecológica cuando se aíslan dichos organismos de la realidad del mundo vivo.
El hombre, a través de la historia, ha logrado domesticar diver­sas especies de plantas silvestres que utiliza en su diaria actividad como parte de su dieta o como parte de otras necesidades como el vestido o vivienda. Lo mismo ha sucedido con la domesticación de diversas especies de animales.

La ilusión consiste en creer que es el hombre quien domina la si­tuación y modifica a su antojo a la naturaleza. La realidad resulta ser otra cuando nos paramos a pensar en lo profundo y lo complejo que es el mecanismo de interacción e interdependencia del hombre y sus especies domesticadas.

Una de las más palpables razones para creer que el hombre no domina la situación, es su dependencia de ciertos cultivos y de cier­tos animales domésticos que al final vienen a influir tanto en el hu­mano que lo hacen cambiar y mantener culturas que se relacio­nan íntimamente con los organismos domesticados. En este sentido basta con mencionar la histórica relación entre el maíz, el arroz, la papa y otros cultivos con ciertas culturas humanas.
La economía resulta un tanto interesante de tratar acá, en lo que respecta a una dependencia obligada a ciertos cultivos. Los cubanos, por ejemplo, parecen depender en gran parte de la caña de azúcar para su estabi­lidad económica. Lo malo de casos como éste es la de­pendencia de una sola fuente de riqueza, ya que dicha super- espe­cialización con­lleva una fuerte dosis de inestabilidad debido a la de­pendencia de un solo producto.

Por otra parte, parece ser que cuando se mejora genéticamente un cultivo no se aumenta necesariamente la producción primaria. Lo que parece ocurrir es que se canaliza genéticamente la orienta­ción de la productividad hacia partes de las plantas que nos son más ape­tecibles, pero que al mismo tiempo conlleva pérdidas im­portantes en otros aspectos como en materia viva originalmente dedicada a dar soporte físico a las plantas o a ejercer funciones de defensa contra animales herbívoros.

En muchos casos el hacer genéticamente más palatable para el hombre a una planta comes­tible, se está alterando su potencial de defensa química contra los herbívoros, localizada generalmente en compuestos químicos que ofenden nuestro paladar. Esto conlleva a que el hombre tenga que emplear energía extra, proveniente del pe­tróleo y otras fuentes para poder medio-corregir las fallas inherentes a su pretensión de ductor de la naturaleza.
Al final, lo que parece suceder es una dependencia de cultivos que requieren más cuidados que nosotros mismos y que de no contar con la ayuda del hombre no darían su fruto… para el hom­bre.

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